El pedal, la cala y el escarpín (5 de 5)
Juan:
Cuando me decías “aún estoy por conocer quién no ha vendimidado alguna estrenando automáticos” yo, iluso, pensaba: esto lo dice Juan, que va como una cabra con la bici. Yo, cuarentón filatélico, no me caigo seguro.
Una vez que, a martillazos, salió el pedal antiguo y colocamos el nuevo, el jueves pasado, que al menos en Madrid hacía un sol espléndido, me calcé mis escarpines con calas, y me puse a practicar en el pasillo de los trasteros. Engancha, clac. Desengancha, clac. Izquierda, clac. Derecha, clac.
Cuando ya lo tenía controlado, saqué la bici y me dirigí, caminando con los zuecos, al parquecillo que hay enfrente de mi casa, el resultado de cubrir el tramo de metro que va de la estación de Empalme a la de Campamento. Pedaleé despacio, en grandes círculos, enganchando y desenganchando cada pie, hasta que me di por satisfecho y me vi listo para volar solo.
Cogí Tembleque para bajar hacia Quero, salir al Parque Aluche y coger allí el Anillo Verde hacia la Casa de Campo. Pues bien, el semáforo entre Tembleque y Maqueda, en la esquina opuesta a la iglesia que hay allí, estaba en rojo, y yo lo veía desde cincuenta metros atrás. La bici iba perdiendo velocidad a la vez que se a mí se me bloqueaban las neuronas y los pies. No supe qué hacer y, cuando la bicicleta se paró del todo, me caí al suelo. Bien.
Fue la única vez, afortunadamente, aunque en otra ocasión estuve a punto. Habrá que insistir.
Tres,
Joe.

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